Dejemos que hablen quienes bien le conocían:


  • Alma sencilla de niño. Noble y bondadoso de ánimo, de una caridad inagotable y trato exquisito, sencillo, delicado de espíritu.
  • Fiel cumplidor del deber, recto y justo en su actuar, austero y trabajador incansable, con una energía que nunca supo del cansancio. Constante, enérgico, tenaz. Se abrió paso contra todas las corrientes que se le oponían.
  • Respetado y querido por sus compañeros de sacerdocio y por todos los que le trataron.
  • Enamorado defensor de los derechos de Jesucristo, incansable operario de la salvación de las almas. Hombre de un solo ideal: el Reinado de Jesucristo sobre la tierra, que fue el móvil de sus energías, el norte de sus acciones, el campo de sus talentos y el anhelo de su alma.
  • Activo propagandista de la Verdad. Con una fe viva.
  • Apóstol incansable, sirvió a Dios con celo infatigable hasta el último instante de su vida.
 

Un hombre profundamente humano y

abierto plenamente a lo divino.

 

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